Kidulting: la válvula de escape contra la tiranía de la productividad

La conjunción de "kid" y "aduting" engloba la tendencia a realizar actividades lúdicas para sobrellevar las responsabilidades y el stress.

En un mundo que nos exige ser máquinas de producir 24/7, una tendencia está rompiendo el molde: el kidulting. Lo sabemos: crecer es una trampa, pero vamos a darle una vuelta más. ¿Cuántas veces un “adulto responsable” te dijo que seguir jugando videojuegos, coleccionar figuritas o armar legos era de niño? ¿Cuántas veces te dijeron despectivamente que eras un eterno adolescente?

Este fenómeno que fusiona las palabras kid y adult no es simplemente «no querer crecer», sino una respuesta psicológica frente al estrés de la vida moderna.

En 2022, el 58% de las compras de juguetes o juegos infantiles fueron para uso de los propios adultos, moviendo cifras que superan los 4.600 millones de euros en Europa. Hoy, padres y madres no compran juguetes sólo para sus hijos.

El refugio en el kidulting: ¿Qué nos pasa por la cabeza?

La psicología detrás del kidulting es profunda. No se trata del «síndrome de Peter Pan», que es una evasión crónica, sino de un recreo temporal en una sociedad que nos quema la cabeza con la productividad y las responsabilidades financieras.

Ante este panorama, la nostalgia funciona como un amortiguador emocional. Al armar un set de bloques o jugar un videojuego el cerebro entra en un estado de «flow» y desconexión total, bajando los niveles altísimos de malestar.

Además, existe el efecto kawaii donde las cosas tiernas o «cute» activan un instinto protector que nos hace sentir más presentes y anclados al «ahora», alejándonos del fanatismo tecnológico. Es, básicamente, una válvula de escape para gestionar el estrés y recargar pilas antes de volver a la rueda del laburo.

La nostalgia como producto

En el mundo capitalista que vivimos, el sistema intenta empaquetar para venderlo todo lo que parece ser necesario para el individuo, Para el mercado, entonces, la nostalgia no es solamente un refugio como lo fue en tiempos pasados —y seguros—, ante una realidad apremiante, estresante y muchas veces oscura.

Desde mediados de la primera década del 2000, con los regresos temporales de Led Zeppelin, The Police o Pink Floyd en el Live 8, la industria del entretenimiento comprendió que había algo ahí, en un público sediento de productos culturales moldeado y educado sentimentalmente.

La segunda década sumó nuevas capas de nostalgia en los niños de los icónicos ´80 y ´90, cuando el consumismo y la globalización tocaron el pico máximo. Haciendo uso de lo que Daft Punk llamó Memorias de Acceso Remoto, analogía de la sigla RAM vinculada a la informática, la industria del espectáculo parió Stranger Things, el revival excesivo del cine de superhéroes con sus reboots, precuelas y secuelas.

Esto, sumado al regreso de bandas como Oasis o Los Piojos en Argentina, entre otras, fue un nuevo punch al mentón de la nostalgia y, sobre todo, del bolsillo.

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Súper Mario Galaxy en el corazón del kidulting

Un caso testigo de este choque generacional es el estreno de Super Mario Galaxy. Aunque la película fue catalogada como Apta para Todo Público las salas se llenaron de «adultos «pibes» de treinta y cuarenta y pico que crecieron con el fontanero de Nintendo. Aparece aquí lo que la psicología llama “propiedad psicológica”: sentimos que Mario nos pertenece porque invertimos décadas de emociones en él.

Se generó un quilombo bárbaro en redes sociales, con adultos quejándose por los gritos y aplausos de los niños en el cine. Es el famoso gatekeeping, donde los fans «originales» intentan proteger «su» franquicia de los nuevos públicos pero, como dicen por ahí, Mario es del pueblo.

Juegos de niños y no tan niños

El fenómeno muestra cómo los mundos infantiles son colonizados emocionalmente por adultos que buscan rescatar un pedacito de su infancia.

Este ejemplo claro de kidulting se explica también porque millenials y centenials, los padres de mediana edad de estos tiempos, crecieron con los videojuegos como producto cultural establecido, instalado, al mismo nivel que el cine, la música y los medios de comunicación tradicionales. La experiencia gaming ya forma parte del seteo con el que crían a sus hijos.

El «milagro» de Lego y el negocio de la paz mental

Si hay una marca que la supo ver es Lego cuando, estando al borde de la quiebra, comenzó a meterle fichas a las franquicias de Star Wars, Batman y Marvel. Entendieron que el adulto tiene el poder adquisitivo para pagar precios premium por sets complejos que no son para jugar en el suelo, sino para exhibir como trofeos en una repisa de diseño.

Estos juguetes para kidults están diseñados para exigir horas de ensamble metódico, como antídoto neurológico contra la fatiga digital. No estás comprando plástico; estás comprando un recuerdo y un momento de paz.

Jugar para sobrevivir a la hiper-productividad

En ciudades que nos empujan a ser ciudadanos hiper-productivos sin espacio para el ocio, el kidulting aparece como una regresión saludable. Actividades como el Blow Up Experience en el Complejo Ferial de Córdoba —con paso por La Sociedad Rural porteña— demuestran que los adultos necesitamos saltar en inflables o tirarnos en peloteros para sacarnos, aunque sea por un rato, la máscara de persona seria y responsable.

En definitiva, la madurez moderna ya no exige abandonar el juego sino tener el sueldo para financiarlo. Más que inmaduros; jugar nos hace sostenibles en un mundo que se vuelve insostenible.

Así que, che vos, si querés comprarte ese muñequito de He-Man o las cartas de Pokémon, hacélo sin culpa: es salud mental. Eso sí, aclaramos, también es insania económica.

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