3 de mayo. La prensa bajo el asedio del hambre y el algoritmo

Maru Cisneros

Maru Cisneros

Integrante del Colectivo Cultura Caníbal
El Día Mundial de la Libertad de Prensa obliga a reflexionar sobre el oficio y la violencia económica. En Cultura Caníbal recogemos el guante

El calendario marca el 3 de mayo y las instituciones internacionales activan sus mecanismos de efeméride para celebrar la libertad de prensa. Sin embargo, haciendo un simple paneo por los medios argentinos este día no convoca al festejo sino a una reflexión cruda y urgente sobre el estado de nuestro oficio.

Treinta años de ejercicio profesional me otorgan la perspectiva necesaria para afirmar que atravesamos el punto más crítico del último cuarto de siglo. Los informes de Reporteros Sin Fronteras ubican a la Argentina en el puesto 98 del ranking mundial, una cifra que evidencia un deterioro estructural sin precedentes.

Más allá de los números y los mapas, existe una violencia silenciosa que opera con mayor eficacia que la censura directa o el cierre de diarios: la violencia económica.

El hambre como mordaza

La libertad de expresión deviene en abstracción cuando el trabajador de prensa carece de sustento. Hoy, el ejercicio del periodismo en nuestro país requiere condiciones materiales básicas que simplemente desaparecieron. Los salarios actuales no alcanzan ni siquiera para cubrir un alquiler mínimo de un monoambiente en los centros urbanos donde se produce la noticia.

Esta precariedad no constituye un accidente del mercado; es más bien un disciplinador social. Un periodista que lucha por la subsistencia diaria, que suma tres empleos para llegar a fin de mes, posee menos tiempo y menos herramientas para enfrentar las presiones externas. La urgencia de la panza mata la profundidad del pensamiento.

La independencia del discurso está atada, irremediablemente, a la autonomía económica porque cuando el sistema empuja al profesional hacia la indigencia le quita su capacidad de resistencia. En tres décadas de redacciones, nunca observé un nivel de desesperación material tan profundo en colegas reconocidos que hoy no encuentran espacio en los medios de comunicación.

El hambre es la forma más abyecta de censura porque no necesita un decreto para silenciar una voz; basta con agotar la energía del emisor.

La era del copywriter y el desprecio por la profundidad

Observamos un desplazamiento sistemático de los profesionales con trayectoria. Los medios de comunicación tradicionales, bajo la excusa de la crisis del modelo de negocios, reducen sus plantillas y cierran espacios para el análisis profundo.

En su lugar emerge la figura del redactor de contenidos o copywriter. Esta transición no representa una evolución técnica sino una degradación ética. El copywriter responde a la velocidad, al volumen de producción y a la métrica digital; prioriza el clic por sobre la investigación y la verificación.

El resultado de este cambio es un flujo informativo constante, un bombardeo de datos que carece de densidad intelectual. Perdimos la capacidad de conectar los hechos porque el sistema exige producir la próxima nota antes de terminar de entender la anterior.

Esa profundidad del trabajo periodístico perdió terreno frente a la tiranía del algoritmo y ya no importa qué decimos, sino cuántas personas «cliquearon» en un título diseñado para el engaño. Esta lógica vacía el oficio de su función social y transforma la redacción en una fábrica de piezas intercambiables, donde el pensamiento crítico molesta más de lo que ayuda.

El refugio del dato y la falsa objetividad

En esta era, la primicia técnica perdió su valor histórico. La circulación inmediata de la información traslada la relevancia hacia el análisis y la interpretación. Ante este escenario, la industria impuso el periodismo de datos como un refugio de supuesta neutralidad.

La tendencia funciona, en muchos casos, como un mecanismo para filtrar y anular las ideas propias. Nos venden la estadística como la verdad última para evitar que nos preguntemos quién financia el estudio o qué intereses protege cada cifra.

Bajo el manto de la objetividad periodística, se instaló un dogma que castiga el pensamiento crítico. Nos quisieron instalar que la objetividad, entendida como la ausencia de postura frente a un tema, es la meta máxima de nuestra profesión. Sin embargo, esa asepsia informativa es una trampa que destruye la capacidad del periodista para señalar las causas de los procesos sociales.

Se ataca el pensamiento propio en nombre de una «neutralidad» que solo beneficia al poder de turno. Si no podemos decir lo que pensamos sobre lo que vemos dejamos de ser periodistas para convertirnos en meros transcriptores de la realidad oficial.

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El desamparo legal y el lobby político

La historia argentina ofrece una perspectiva necesaria sobre la protección del oficio. Durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón se sancionó el Estatuto del Periodista Profesional. Aquel documento surgió como una respuesta legal ante la necesidad de garantizar derechos básicos y dignificar la tarea, siendo un escudo contra la arbitrariedad patronal y un reconocimiento del valor social de nuestra palabra.

Actualmente ese marco normativo sufre un proceso de erosión impulsado por intereses empresariales y presiones gubernamentales. El lobby político de los propietarios de medios, más interesados en la gestión de influencias y en sus propios negocios que en la información, dejó al trabajador de prensa sin el respaldo de su ley fundamental.

Nos quedamos sin ley y sin un estatuto que, aunque en la práctica hace tiempo que no se lo respetaba, servía al momento de accionar judicialmente frente a un despido. Los dueños de las empresas periodísticas argentinas actúan como gestores de intereses ajenos al periodismo, convirtiendo a las redacciones en oficinas de relaciones públicas.

Todo periodismo es político

Es imperativo reconocer que todo proyecto comunicacional constituye un proyecto político. La comunicación social no ocurre en el vacío; responde a una visión del mundo y a una escala de valores.

Resulta paradójico que en una democracia se pretenda ocultar la base política de las iniciativas editoriales. En Cultura Caníbal no ocultamos nuestra identidad porque entendemos que el periodismo debe transformar la realidad, no sólo describirla.

La estigmatización de la política y de quienes la ejercemos desde la palabra escrita busca despojar al oficio de su potencia rebelde. Me pregunto cuándo, quiénes y cómo se decidió mandar a la política y a los periodistas con ideas propias a la lista negra para dejarnos un terreno baldío donde solo crecen selfies de presidentes y frases vacías de sentido. Si un proyecto comunicativo no tiene una base política, entonces es un proyecto publicitario o un simple ejercicio de vanidad.

Libertad o luto

La libertad de prensa no se agota en la ausencia de clausuras de medios o detenciones de cronistas. La verdadera libertad exige salarios dignos que permitan la vida, respeto por los estatutos profesionales que nos protegen del capricho empresarial-patronal-gubernamental y el derecho irrenunciable al pensamiento propio. Sin estas condiciones, el 3 de mayo permanece como una fecha de luto por un oficio que la velocidad, el mercado y el ego intentan desmantelar.

Por mi parte y en lo que me toca, desde esta Córdoba sigo apostando por el análisis frente al dato, por la profundidad frente al clic y por la política frente a la indiferencia. La libertad de prensa será una realidad el día que un periodista no necesite elegir entre su integridad y su cena.

Hasta entonces, seguiré escribiendo desde la resistencia, habitando este rincón que decidí llamar bitácora, con la convicción de que la verdad siempre es incómoda para quien prefiere la foto por sobre la política pública.

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