«El hip-hop tiene la capacidad de hacer el bien en todos los niveles»

Gustavo Ceriani Brizzi

Gustavo Ceriani Brizzi

Periodista - Gestor Cultural Integrante del colectivo Cultura Caníbal @guticeriani
Matías Ligato, uno de los principales referentes del breaking en Córdoba, habla del baile como poder transformador de la sociedad.

La cultura urbana en la ciudad de Córdoba encontró un espacio para la enseñanza y la práctica de sus disciplinas: la explanada del Palacio 6 de julio, sede administrativa de la Municipalidad. Sin proyectoarlo, tiene elementos para la práctica de deportes, baile y coreografías, artes marciales o simplemente un paseo con el perro y un mate compañero.

Todas las semanas hay allí un grupo que destaca por la música y las acrobacias con los cuerpos. Matías Ligato se y sus aprendices de breaking, que en el siglo pasado conocíamos como breakdance, uno de los elementos artísticos de la cultura hip-hop.

«Dar clases es mi vida», sentencia Matías un viernes a las 4 de la tarde, interrumpiendo momentáneamente los pasos de toprock para conversar con Cultura Caníbal. Con esa oración simple pero contundente, marca el tono de toda la entrevista.

El hip-hop, historia y disciplinas

A grandes rasgos porque sobre el origen del hip-hop y su llegada al sur continental ya hay mucho escrito, nace en la década del 70 en el Bronx neoyorkino, como respuesta contestataria a la violencia policial, la desigualdad, el racismo y los padecimientos de negros, latinos y migrantes del este europeo.

En Argentina, el cine fue el vehículo para que los jóvenes conozcan la nueva tendencia. En la recién recuperada democracia, principalmente en el conurbano bonaerense y el porteño Parque Rivadavia, comenzaron a practicarse los pasos que se veían en Breakin´, de Joel Silberg (1984) y Beat Street producida por Harry Belafonte (1984).

Más tarde, obras maestras como Do the Right Thing, dirigida y protagonizada por Spike Lee, y la explosiva aparición de Michael Jackson en los rankings internacionales abren el abanico sobre las provincias.

Hoy, a decir de Matías Ligato, el hip-hop domina los consumos culturales a nivel mundial. «La música más consumida es el rap y la vestimenta más usada es la rapera», resume. Esto se refuerza en la idea de que «cualquiera puede hacer breaking porque es una danza social, no tiene bases eurocéntricas ni de danza clásica o contemporánea sino más relación con danzas afrodescendientes como la salsa y el mambo. Es como el cuarteto o el tango, más fácil de bailar».

El poder transformador del baile

El encuadre de esta nota es el poder transformador del baile. A modo de ejemplo, tomamos los programas estadounidenses que descubren que a través del breaking los chicos salen de la calle de una forma amigable, bailando. Cambian adicciones por baile.

«El hip-hop tiene la capacidad de hacer el bien en todos los niveles», opina Matías reafirmando esta idea. Agrega que «en un barrio humilde lleva felicidad y enseña a los chicos a formar grupos. La sustentabilidad de tener un grupo, hacer trabajos coreográficos en conjunto y generar pertenencia a la cultura, puede servir mucho».

En Córdoba quizás la experiencia más notoria es la de Rimando Entreversos, un proyecto de Fundación La Morera que luego marcó el devenir de Hermanito Díaz, otra propuesta local mixtura de rap con ritmos latinoamericanos y cuarteto.

Logros personales con Estado presente

En igual medida y contra todo prejuicio, en los barrios de mejor pasar el rap y el breaking también ocupan las tardes y noches de sus juventudes. Con otras carencias que no resuelve el dinero —falta de atención de los padres, por caso—, «también les sirve formar un grupo y probar sus habilidades, tienen logros físicos y mentales. Hay muchísima recepción tanto en barrios bajos como en los más pudientes».

Por supuesto, aunque en los tiempos que corren no está de más reafirmarlo, se requiere el acompañamiento de las instituciones estatales en varios niveles. «No se entiende que la cuestión artística o cultural necesita sustentabilidad económica. Tiene que haber un empujoncito o alguna puerta que se abra», explica.

«Hoy la situación política está complicada pero cuando haya más apertura podríamos presentar una carpeta para entrar en las escuelas. El gobierno y las autoridades tienen que estar permeables a eso», agrega. En realidad nunca existió un plan estatal que dure más de seis meses «ni un privado que lo sostenga a largo plazo».

Según su mirad, «es imposible un cambio radical en poco tiempo e incluso es hasta contraproducente que el docente esté tres meses y se vaya. Es un choque para el alumno».

Entorno cuidado

De aquel cine ochentero quedan en el imaginario las pandillas de los barrios bajos afrolatinos enfrentándose con un micrófono, el baile o una pelota de básquet, pero los verdaderos conflictos se resuelven (o profundizan, según se vea), con armas blancas y tiros desde autos que salen derrapando.

Cuarenta años después y ocho mil kilómetros al sur, la escena se ve distinta. Los actores, además de comprender que la violencia no es la salida, fueron atravesados por varios factores. «Puede ser que en algún momento hubiera confrontación de pandillas pero no al nivel del Bronx. En el hip-hop el equipo los expulsa o los contiene para que salgan de eso», expresa Matías aclarando que «algunos no soportan el cambio o les cuesta, y es normal. Cuando alguien es violento, machista o vende drogas, lo sacamos y si no corta se pudre todo; cuidamos el entorno».

Las Batallas donde dos personas o grupos se enfrentan en una ronda para mostrar sus habilidades «son un acting, es tradición. Hay buena onda entre los participantes, nunca permitimos una batalla si un conflicto porque sería provocar algo que no tiene sentido. Se mantiene la tradición de mostrarlo, pero no es verdadero, es como en el malambo», dice.

La cultura callejera del Hip-Hop

Matías Ligato descubrió el breaking a sus 18 años «entre adolescente y adulto, cuando uno está en una especie de limbo». En contexto, en la Argentina del nuevo siglo irrumpían «los pingüinos» luego de los famosos cinco presidentes en una semana y la temperatura social ya dependía de lo que decía la televisión.

Justamente fue en «el programa de Tinelli» donde lo vio por primera vez y no pudo dejar de pensar en eso. «Me atrapó, empecé a juntarme con gente que bailaba. Yo ya iba a los bailes, soy fanático de La Mona, y ahí había un grupo de chicos que hacía breaking: los Raperos Cuarteteros. Ese fue el primer contacto».

La cultura hip-hop en aquella época «era muy atractiva en la calle y no te impulsaba a la formación. No era fácil caer bien si tomabas clases con algún profesor de academia».

Influencias noventeras

«No llegué a influenciarme con Michael Jackson», asegura Matías, pero reconoce que «muchos b-boys de una generación anterior lo hicieron. Es el rey del pop, influyó en muchas danzas y en el breaking particularmente, sobre todo en la época de su prime en Argentina».

Reconoce también otros grandes artistas que influyeron, como James Brown o, «en otros momentos, Backstreet Boys y N´Sync a nivel grupal. Todo tiene que ver con el momento».

Respecto del K-pop —que va camino a dominar una escena joven actual, similar a la hiphopera de años anteriores— estima que no hay una relación directa. «Puede ser que exista con el hip-hop dance«, una subcultura dentro del propio hip-hop «que se parece coreográficamente. También es una danza social y tiene movimientos similares, quizás la relación está en la estética del baile».

Hip-hop, gestión cultural e inclusión

Su currículum también dirá que es «bailarín, b-boy específicamente, productor y gestor cultural de competencias, batallas, jams, eventos, shows y todo lo que se pueda hacer». La tarea de gestión la comparte con su compañera de vida, Yesica Pellegrini, en la productora independiente Molinos Producciones, donde «dependiendo del evento, contamos con diferentes colaboradores y alianzas que hemos generado».

En su experiencia, la Gestión Cultural es un trabajo arduo «que te tiene que gustar porque hay que estudiar, escribir y tener mucha paciencia. Me gusta lidiar con esas cosas así que cuando puedo lo hago, aunque ahora la situación económica está complicada y tengo tres trabajos, no tengo mucho tiempo».

Apto para todo público

A decir de Matías, «cualquiera puede hacer breaking porque tiene varios niveles físicos: el Top Rock es el baile de pie que puede hacerlo una persona de 80 años sin problemas. Después están los niveles físicos del suelo», en los que obviamente destacan los jóvenes.

Para los más chicos también hay espacio: «aunque no lo creamos, tienen una habilidad tal que con paciencia, enfoque y conocimiento, aprenden cosas increíbles. No tienen miedo a nada».

«Incluso los de mi edad, alrededor de los 40 —agrega—,, podemos hacer destrezas a muy buen nivel si mantenemos la disciplina, aunque el profesor tiene que saber qué enseñar para cada grupo».

Competencia, vidriera y desarrollo deportivo

La expansión global de la cultura hip-hop en general y el breaking en particular generó interés en dos mundos muy cercanos: el espectáculo y el deporte. Los productores detectaron que allí había público y por consiguiente venta de entradas, sponsors, transmisiones; en resumen, dinero.

Por otro lado, un trabajo fino de organización llevó a la competencia a ser declarada Deporte Olímpico y su consecuente inclusión en los Juegos Deportivos Evita y los Juegos Argentinos Urbanos (JAUR) «que son lo mismo pero para mayores de 18 y también pertenecen al Comité Olímpico».

Por intervención de Molinos Producciones, un par de años hubo delegación Argentina en el Campeonato Mundial aunque después «por cuestiones políticas hubo desvinculaciones con las embajadas». A su vez, en 2018 y 2019 «trajimos una clasificatoria del BOTY con participantes de todas las provincias» que premiaba a «un chico y una chica con todo pago para competir en Francia». Hoy, la situación económica torna imposible que se repita.

El hip-hop en los Juegos Olímpicos

«La visión desde que descubrí el breaking hasta hoy cambió un montón, por dos razones», considera Matías. La primera «fue alrededor de 2010, cuando las academias empezaron a enseñar hip-hop y los profesores armaban grupos para competir».

«Los pibes competían, se hacían famosos y ganaban dinero. Entonces encontraron una oportunidad y empezaron a interesarse, tomar clases, querer ser profesores y estar en academias», prosigue el b-boy.

La otra etapa fue en 2018, «cuando se declaró Deporte Olímpico y se incorporó a las currículas deportivas de las provincias». Si bien aún no está federado se está trabajando en ello «con asociaciones que representan el breaking a nivel deportivo».

«No es solo que el breaking buscó lo deportivo, sino también a la inversa, fue algo mutuo que nos favoreció a ambos», dice Matías, quien es también el representante en Córdoba de los Juegos Evita, encargado de «buscar y formar a los jóvenes que van a competir».

Con esta extensa reseña y la palabra autorizada de Matías Ligato, en Córdoba estamos en condiciones de decir que, efectivamente, el hip-hop tiene la capacidad de hacer el bien, en todos los niveles.

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