Bajo la premisa del título de la nota, como inmigrante paladeas la ciudad para recordarla en lo cotidiano, no como un souvenir al volver a casa y a la rutina sino como ecosistema en donde te implantarás vitalmente; así que más vale saber escuchar bien esa tonada pretónica.

Pancho Córdova
cruzó la cordillera desde su Concepción querido para comenzar una nueva vida en Córdoba. Como le sucede a todo migrante, la adaptación no es sencilla por diferentes motivos pero principalmente por el choque cultural entre dos países que comparten geografía, montañas, idioma y malos recuerdos de dictaduras, pero que difieren en costumbres. En esta columna, que intentaremos publicar con regularidad, relata las vivencias urbanas de un (cada vez menos) extranjero en Córdoba.
Echar raíces es un acto dinámico de conectarse al entramado de una cultura y habitar el espacio con cierta propiedad, así que hice de Córdoba parte de mí, esperando reciprocidad.
Preparativos
Antes de salir de tu país, lo primero que debes conocer son los peligros del lugar que te recibirá. Si vas al Caribe te vacunas contra muchas cosas; si vas a Australia, sabes —y te advierten con cartelitos— que por ahí anda un bicho que te puede matar en segundos; si vas a Disparos Unidos de Norteamérica no te advierten, pero más o menos sabes que, a lo que se pueda, hay que comprar un chaleco antibalas y una 9mm semiautomática.
Sin embargo, nadie me advirtió sobre el ejemplar más peligroso de Córdoba: el cordobés al volante. ¡Por Zaratustra y todos los dioses paganos! Les juro que casi fui atropellado mil veces las primeras semanas que salí a recorrer la docta.
Un chileno viene acostumbrado a su cinismo cívico. Políticamente nos chupa un huevo quién se queda atrás en la carrera de ratas, pero sí —¡por favor!—, respetamos los pasos peatonales (pasos de cebra en chileno) y nos sentimos orgullosos de darle prioridad al peatón. A diario me veo (más orgulloso imposible) todos los reels de extranjeros cruzando una y otra vez nuestras calles mientras registran entusiasmados que los autos frenan en cuanto los ven que están por cruzar. No tenemos copas del mundo pero respetamos la ley (por lo menos mientras alguien nos mira).
Más o menos regulado
Con ese contexto, empecé a fijarme en los cascos de las motos, usados como coderas o puestos de gorrito de cumpleaños sobre los frágiles cráneos mientras hija, hijo, papá y mamá se amontonan en una Gilera 125; en las chetas camionetas con jóvenes madres o prematuras abuelas que cargan su bebé en brazos, lo que inmediata e indefectiblemente me lleva a imaginarlas aplastandolos contra un airbag que se abre a 250 km/h. Luego, un policía fuma mientras maneja sin colocarse el cinturón de seguridad. Sí, me espanto.
Entonces entendí que este no es un país donde las reglas son reglas sino más bien sugerencias y, en algunos momentos, eso me pone muy feliz. Por ejemplo, siempre devuelvo tarde los libros que pido en las bibliotecas y jamás me multan. La cosa es caer bien, chamullar con talento o tener algo con qué negociar, en caso de carecer de carisma.
Un cordobés no es igual arriba que debajo de su auto
El cordobés transeúnte te mete conversación de lo que sea en la fila o te pregunta por tu tonada para saber de dónde sos; arriba del auto pierde noción de la fragilidad del peatón y naturaliza su privilegio de manejar, como si fuera su derecho de propiedad sobre el espacio público.
Sí, comencé a entender las primeras contradicciones del cordobés: ¿Cómo son tan dulces y simpáticos y a la vez siete de cada diez te votan a Milei? ¿Cómo una ciudad tan llena de arte, con cultura por doquier, es a la vez insensible a otredades que requieren ser cuidadas, como el peatón?
Hoy cruzo a media cuadra con el color que sea del semáforo, pero aprendí a poner el cuerpo en posición de intención de cruce mirando directamente a los ojos de quien maneja para pedir por mi vida. Un par de veces la técnica falló y algunos ni frenaron sino que además aceleraron.
Todo lo expuesto hace de mi día una experiencia algo selvática, en tanto supervivencia, pero a la vez más argentina pues reconozco que estas experiencias y mi corto genio han pulido mi puteada cordobesa, que me sale cada vez mejor, igual que cuando preparo un buen Amargo Obrero.
