Miguel Puch es el técnico preferido para el cuidado de los pianos de las salas públicas y privadas y el encargado de proveerlos, trasladarlos, custodiarlos y afinarlos cuando el músico convocado requiere las mayores exigencias.

En Córdoba los pianos pueden o no tener dueño, pertenecer a instituciones del estado o a teatros privados, casas particulares o academias de formación. Lo que es seguro es que tienen un sólo padrino, de esos que saben la fecha de nacimiento, de donde provienen, cómo se construyeron y qué cuidados necesita.

«Siempre fui muy fanático de estos instrumentos y todavía siento que quiero seguir estudiando y aprendiendo cosas, porque parece que el aprendizaje no termina nunca», dice Miguel Puch en una charla distendida con Cultura Caníbal, donde aclara que «ellos me eligieron a mi, porque yo era chico cuando comencé, estaba estudiando, trabajaba en una casa de comidas y esto era como un extra para sumar unos pesos, hasta que mi papá me dijo que si me iba a dedicar a este trabajo tenía que ser el mejor. Ahí empecé a tomarlo en serio».

De genios, locos y cuerdas

El oficio de afinador se transmite de generación en generación, por preciso y por escaso, y progresa al ritmo del reloj. «Mi papá era un genio loco inventor -cuenta Miguel -. Era ingeniero pero también músico y amaba los instrumentos, sobre todo el órgano, que tocaba en las iglesias desde los 5 años. Siempre me llevaba a los conventos o las iglesias a verlos, son instrumentos muy grandes pero que adentro tienen unos pasillitos muy estrechos y complejos. Como él era medio gordito me metía a mí entre los tubos y así empecé a afinar».

Es conocido que los templos religiosos son habitados por pianos, órganos y clavicordios, quizás los habitantes menos silenciosos. Incluso Miguel Ángel Estrella cuenta que en su estadía en Córdoba, donde le tocó hacer el Servicio Militar, se escapaba de los cuarteles en FADEA para ir a practicar a una iglesia, luego de convencer al cura amigo que le dejara a mano la llave, escondida en el tronco de un árbol.

Puch tiene amplio conocimiento del dato sobre los templos y los instrumentos. «Me acuerdo que en la Iglesia del Carmen que está en La Cañada casi Colón se les inundó el sótano donde estaba el piano, así que nos llamaron para arreglarlo. Así fue como empecé, con 12 o 13 años, a meterle mano a los pianos, dejando de lado un poco los órganos».

«La experiencia en el oficio hace que cada vez que vea un piano comience a contar historias, porque cada uno tiene una identificación, cada piano habla y sus dueños también».

La Revolución Industrial

Y si de historia se habla, Puch tira un dato que suena extraño y te deja pensando. «Poca gente sabe que la revolución industrial empezó con los pianos«, larga, te mira y continúa. «Fue el primer objeto en fabricarse en serie, la línea de montaje se inventó para su fabricación y realmente fue una revolución, comparable en nuestros tiempos con la aparición de Netflix o la Playstation«.

Lo dicho, suena raro, aunque la comparación se justifica en la narración. «Imagínate un hogar inglés en el año 1700 y pico, en un día de lluvia, con los chicos adentro, iluminado con velas y que a lo sumo tenían un instrumentos tipo violín o violonchelo, pero que necesitaban varios para armar la melodía y la armonía. De repente llega el piano, que es como una pequeña orquesta. Fue realmente una revolución, llegaron a existir más de veinte mil fábricas que vendían toda su producción».

Barolomeo Cristofori, fue un italiano que fabricaba clavicordios. Cuenta la historia (a nosotros nos lo cuenta Miguel Puch) que fue quien hizo el primer bosquejo del piano y lo publicó en un diario de la época. El alemán Gottfried Silbermann, que le hacía los instrumentos a Johann Sebastian Bach lo copió y lo fabricó, es decir que su inventor no fue su primer fabricante. Las partes no corroboradas de la leyenda dicen que Bach lo probó y le hizo un montón de críticas, entonces Silbermann agarró un hacha y lo destrozó. Después construyó otro poniendo el ojo en las críticas del compositor.

«Años después los discípulos de este hombre llegan a Inglaterra huyendo de la hambruna, las enfermedades y las guerras y a uno se le ocurre fabricar un piano cuadrado y más chico, para que cupiera dentro de una casa de un obrero, de un hombre común, porque los inventores de la época pensaban en inventos para venderles a la realeza o a los ricos, por lo tanto eran instrumentos enormes. Ahí comenzó la revolución», concluye el afinador.

Números irracionales

Según los cálculos de quien mejor los conoce, «en la ciudad de Córdoba hay cincuenta mil pianos, si tenemos en cuenta que hasta hace unas décadas su aprendizaje era prácticamente una obligación para las mujeres. Desde hogares humildes hasta palacios, casas en medio del monte o los lugares más extraños tienen uno».

«En general son más o menos parecidos,. pero yo siempre le busco el detalle», dice Puch cuando la consulta intenta descubrir cuál es su preferido. «Teniendo en cuenta que hubo más de veinte mil fábricas y en esa época funcionaban las patentes por lo que no podían copiarse. Recuerdo en una casa en Cruz del Eje un piano que me gustaría tener. Me llamaron para afinarlo y cuando entré en la casa, no lo veía. La señora se hacía la zonza, hasta que me dice «¿no lo ve?» y ahí me doy cuenta que era como una cómoda con cajones falsos, un piano disfrazado de mueble que se abría y desplegaba. Debe haber sido de la época de las guerras, que prohibían la música o a los músicos», dice para no perder la costumbre de reconstruir el pasado del instrumento.

Martha Argerich y Miguel Puch en el escenario

Después, y ya que nos enredamos en los números, se refiere a su trabajo. «Es una profesión que escasea bastante. Estados Unidos, Japón, Alemania, Suiza o Italia están más armados porque hay escuelas, pero también regulan la actividad para que no se sature. En Argentina somos pocos, en Córdoba cuatro o cinco nada más, igual que en Rosario. En Buenos Aires quizás haya algunos más», calcula

Mientras, cuenta que el oficio se sigue transmitiendo entre los cercanos. «Mi mano derecha que es mi socio y amigo, Raúl Fernández, y mis hijos aprendieron el oficio para continuar, aunque uno de ellos no quiere afinar porque, aunque nadie lo crea, nuestra profesión está entre las diez más estresantes, a la par de los controladores aéreos, porque hay que poner más de doscientas cuerdas en un lugar preciso, con mucha fuerza y movimientos milimétricos muy controlados, de modo que estás todo el tiempo en tensión».

«Con el pianista se crea una relación»

Miguel Puch es el afinador personal de Bruno Gelber y el preferido por Martha Argerich y Miguel Ángel Estrella, cuando vienen a Córdoba. Además, su sello «Pianos Puch» se puede ver en los escenarios de mayor convocatoria en la provincia, con leyendas musicales de la talla de Fito Páez, Madonna o Paul McCartney.

Con cada uno de ellos Miguel Puch tiene una historia y una foto, aunque prefiere los desafíos de excelencia. «Con McCartney o Madonna es suficiente con que esté afinado, pero si viene Martha Argerich tiene que estar como un Fórmula 1, porque ella le va a sacar todo lo que pueda dar. Por eso, con el pianista se crea una relación porque no dejan a cualquiera arreglar su instrumento».

«Una de los anhelos más importantes para mi eran afinarles a Bruno Gelber y Martha Argerich y cumplí las dos, así que todo lo demás viene de extra. Además Bruno después me eligió como su afinador personal. Los momentos más lindos de mi vida fueron con ellos dos, en situaciones muy parecidas, Los dos se sentaron al piano, tocaron y me miraron . El – Gelber – dijo «qué buen técnico que sos»,y ella – Argerich – «qué lindo que suena». Con eso ya estoy hecho.

Solidaridad para el padrino

El invierno cordobés en este extraño 2021 no tuvo la intensidad que se esperaba, si de clima hablamos, pero para Miguel no pasará desapercibido porque en esos meses le robaron las herramientas de trabajo, algunas muy específicas y difíciles de recuperar por su procedencia, su costo y su valor simbólico.

«Bajé a buscar un transformador en un comercio del centro y cuando salí vi las puertas del auto abiertas», rememora. «Tardé menos de un minuto y se ve que me vieron porque manotearon una valija entre cuatro o cinco que tengo en el baúl y fue justo la de las herramientas más difíciles de conseguir. En las otras hay taladros, pinzas, cosas que puedo reponer. Se llevaron herramientas adquiridas a lo largo de los años, algunas de fabricación alemana o estadounidense, otras heredadas de mi viejo, que es una pérdida material pero más que nada sentimental»

Ante la noticia y en conocimiento del importante rol que cumple Miguel en la cultura cordobesa, Cultura Caníbal y la Red de Gestión Cultural Pública lanzaron una campaña de recaudación para arrimar unos monedas que sirvan para la compra de nuevas herramientas. «Si no fuera por la campaña que emprendieron y la solidaridad de las personas no me hubiera animado a hacer un pedido de herramientas al exterior. Incluso hay algunas muy específicas como una bolsa de resortes traídos de Alemania, que para quienes las sustrajeron no serán más que alambres doblados. Cada herramienta tiene una función específica y no sirven para nada más».

«Agradezco a todas las personas que se solidarizaron, colaboraron y me llamaron o mandaron mensajes. En un primer momento sentí mucha vergüenza pero estoy sumamente agradecido. Esperaba algún aporte del estado y sus instituciones, a quienes he salvado las papas en más de una oportunidad, cuando tuvieron algún inconveniente de último momento, he hecho trabajos gratis, resolviendo cosas sin dudar, pero por el momento no me han contactado».

La campaña continuará por unos días más, quienes quieran colaborar pueden realizar sus aportes en

Caja de ahorros en pesos a nombre de Alberto Miguel Puch
Cuenta N° 401083161995
CBU 0070199630004010831653
Alias: Hombro.Oleo.Lapiz

Para que Miguel pueda conocer quienes son los benefactores, se solicita enviar comprobante de transferencia al correo electrónico [email protected] con el Asunto «Padrino de pianos».